Historias sin punto final
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#8 · Refugio

Historia del público por Nicole Martin
Ph. Paula Colavitto

I

Tengo tanto frío que la taza con caldo hirviendo no alcanza para calentarme las manos. Tampoco el fuego que arde a mis pies, en una salamandra llena de polvo que escupe humo al infinito cielo del Bolsón. Agazapada en un rincón, sin emitir sonido alguno, soy testiga secreta de la conversación en el refugio del refugio en la montaña. Acá donde nos escondemos del frío quienes no podemos pagar el refugio real, por orgullo o humildad, pero es la noche más fría de la temporada y en mi carpa, hela. Ésta es una de las cosas que más me gusta de viajar sola, ser invisible. Sin interactuar con las personas a mi alrededor, puedo colarme entre la gente y que no me vean venir, ni irme. Son siete en total, pero nadie en esta carpa comunitaria, envuelta en un grueso nylon que nos hace de pared, se fija en la persona encapuchada en una esquina, en silencio y con la mirada perdida en el fuego. Para ellos, no existo. Pero yo les estoy viendo.

 

II

Saboreo este anonimato y observo cómo se relacionan. En frente, una mesa donde comen muchos grupos. Tengo hambre pero solo tengo una lata –y un chocolate– y todavía me queda mucha noche por delante. Me alimento un poco del fuego y, cerca de mí, otros también lo hacen. Hay que tener templanza suficiente para acercarte a una distancia coherente para calentar el cuerpo, pero no demasiado. Observo. En el medio del refugio, una escalera, y las bolsas de dormir en la otra esquina, debajo de la ventana. Algunos decidieron dormir ahí y no los culpo, el fuego es un lugar acogedor sea donde estés. Pero no hace falta mucho ingenio para comprobar que en esta megacarpa vive una familia de ratas. Veo una, dos, tres chiquitas y una bastante más interesante cruzar por la viga de este techo humilde. Bastante más flacas que las de la ciudad, acá más que en ningún lado se nota que la naturaleza no perdona –ni se equivoca. Afuera, el frío no tiene piedad, y en algún momento tengo que salir.

 

III

Pienso en el frío de mi bolsa de dormir y siento placer, me excita tener que esforzarme por encontrar el calor dentro mío. Todo un desafío en mi carpa de papel. Suspiro y trato de dejar ir todo el aire que me sobra. Me hundo más en la capucha. Miro a una pareja de jóvenes muy jóvenes, mixta, hablan bajito sentados en el tronco frente a mí. Enfrentados, con las piernas de él debajo de las de ella y las manos de ella en los hombros de él, hablan sobre algo del colegio. Ahí donde parece que son compañeros, estarán por empezar el último año. Ella tiene los ojos grandes, redondos, juntos, y una sonrisita de ratón. Él tiene unos cachetes enormes de niño, montados en los pómulos de tanto sonreír, tiene la expresión entera para ella y se ríe –se nota– más por la carcajada de su compañera que por lo gracioso de lo que dice.

 

IV

Le acaricia el pelo y la besa suave en la boca, suave como la mano que se levanta del muslo y le roza la cara, desde el mentón hasta la oreja, suave como la respiración de ella que se enciende solo un poco cuando le siente la piel –pero igual no se me escapa– porque veo cómo se le infla un poco el pecho, que se le filtra un suspiro al beso y a él se le empieza a agitar la respiración y apura a pasarle la mano del cuello a la cintura, le siente la panza y el ombligo cuando ella, suave, le toma la mano para llevársela otra vez a la cara, y le planta un beso de final, ese de cierre de telón, ese que es mensaje de que el beso se terminó. Tan suave como la frazadita de plush que sueño con tener en este momento.

 

V

Al lado de estos niños, dos muchachos juegan a las cartas en una mesa de madera. Uno mira al grupo de chicas más cerca del fuego. Están al lado mío, lo veo mirarlas, pero bajo el mágico efecto de la capucha y la bufanda, él no me ve, ni nota mi sonrisa. El otro chabón se ríe fuerte de su cara de embobado. Ese, te lo admito, me llama la atención. Será porque se ríe tan alto, o por cómo se desparrama por el espacio cuando lo hace, que me hace acordar a vos. Un poco sonrío por eso, pero enseguida pienso que tengo que escapar de esos pensamientos. Son esos que se te meten en la cabeza y comienzan a darte rosca de a poco, hasta que perdes la cuenta, pasan las vueltas y no hay forma de aclarar. Una puede caerse dentro de una misma. Y yo no quiero perderme otra vez, viajé hasta acá para buscar claridad. Me refugio del refugio, una vez más, en el fuego.

 

VI

Esta soledad es tan densa que, te juro, me abriga del frío. La montaña te va tragando pedazos de vos de a poco, pasa bastante tiempo hasta entender cuáles son los que selecciona. El silencio me ayuda a tragar las palabras que se me escaparon alguna vez. Solo me hundo un poco más las manos entre los muslos, me meto más adentro mío y, por primera vez, me agradezco por haber subido la montaña. Al fin y al cabo, me acompaño a mí misma en esta escena invernal a medio febrero, entre todos estos alguien reunidos en el refugio de plástico. Para viajar de algo se escapa, y algo se busca. Cuando no es la misma acción.

 

VII

Mi calma se convierte en la necesidad de correr loma arriba, trepar un árbol y fundirme con el bosque. Soy lo suficientemente coherente como no dejarme ahogar tan fácil. Respeto que la noche es de los dueños del bosque y que de día nos dan el lujo de pasear por ahí. Pero en este hueco en mí me encontré animal, y me confunde la sensación. Quiero correr al río y que me envuelva el agua, el ruido alrededor me ensordece, no escucho el murmullo, no me abriga el fuego, necesito salir. Me paro, muevo las piernas entumecidas hacia delante, torpe, violenta, creo que es la primera vez que la gente del fuego ve que estoy ahí. Saco la piedra que sostiene la puerta, la helada me da una cachetada de realidad. No siento nada más que el calor de la euforia. Cruzo el puente, me guían las estrellas. Voy.

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