Historias sin punto final
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#12 · Rosario siempre estuvo cerca

Por Gustavo Grazioli
Ph. Victoria Irene

 

Por un afiche que lucía oculto debajo de todos los carteles de partidos políticos que decoraban la facultad, nos enteramos que al Che Guevara le rendían un homenaje por sus 80 años en Rosario. Decía, entre otras cosas, que iban a tocar artistas del calibre de Silvio Rodríguez y Manu Chao y que el festejo culminaría con un monumento al Che, hecho con unas llaves que se habían donado para tal fin.

 

Ni bien salimos de Puan, pasamos a buscar algunas cosas para cargar en las mochilas y fuimos directo a Retiro por los pasajes. A las cinco de la mañana llegamos a Rosario. En una terminal fría y con poca gente, abrimos un mapa gigante de la ciudad. La idea era encontrar un predio rural que parecía estar cerca de la cancha de Newell’s. Según la hermana de mi compañero ahí había un campamento al que se podía asistir si llevabas comida y otras ofrendas para compartir.

 

Echando humo en cada respiración, acomodamos los abrigos y empezamos a caminar tratando de guiarnos con el mapa. Hicimos veinte cuadras aproximadamente, hasta que en una gomería nos dijeron que estábamos yendo para cualquier lado. “Enfilaron para la salida de la ciudad”, dijo uno, medio entre risas, mientras hundía una rueda en un fuentón con agua.Volvimos al mapa y ahora sí creíamos estar yendo para el lado correcto. En el trayecto fantaseamos con los temas que podría tocar Manu Chao y acompañamos la caminata cantando Clandestino. No sabíamos si este viaje era una proeza semejante o solo la pura adrenalina de dos veinteañeros a los que no les importaba más que vivir experiencias todo el tiempo. Nos quedamos con la segunda.

 

Llegamos a lo que pensamos era el campamento. En la entrada nos encontramos una mesa larga con algunos folletos de un partido y cuatro personas apostadas a lo largo con un listado. “¿De qué partido son?”, preguntó una chica. Nos miramos y casi que por nuestros gestos entendieron que no pertenecíamos a las filas militantes de ningún partido. Al principio se negaron a dejarnos ingresar por ese motivo, hasta que apareció la hermana de mi compañero y negoció nuestro ingreso. Dejamos dos paquetes de arroz, una pasta de dientes y adentro.

Un montón de pibes (parecían ser todos de partidos de izquierda) estaban durmiendo con sus carpas en un predio símil al de La Rural que está enfrente de Plaza Italia. Una contradicción, pero ya estábamos ahí y encima ya nos habían conseguido una carpa.

 

No sé quién de los dos había roncado, pero se ve que fue motivo de conversación. Ni bien salimos de la carpa a estirarnos, unos cuantos nos miraron y socarronamente largaron comentarios por lo bajo. Fuiste vos le dije a mi compañero. No entendía nada. Que fuiste vos el que roncaste, insistí. Me miró unos segundos y soltó un certero no. Entonces fui yo, le dije y quedó ahí.

 

Todos estaban divididos en grupos y a la noche nos juntábamos para comer de una olla que se calentaba en un fuego grande y para cantar una canción que terminaba por fundirse como un grito de guerra. “Aquí se queda la clara/ la entrañable transparencia/ de tu querida presencia/ Comandante Che Guevara”. La parte que dice “Comandante…” era la que más se repetía.

 

Era el día que llegaba la estatua del Che desde Buenos Aires y la cita por lo que se comentaba era en el monumento a la bandera. Salimos en varios grupos para allá y en el camino se sumó un montón de gente más que parecía estar en la misma que nosotros.

 

Rosario se había convertido en una procesión de Troskos.

 

A unas cuadras de llegar al monumento se corrió la información de que Manu Chao no iba a estar presente por problemas personales. Había mucha gente y quedamos como a cinco cuadras del lugar donde estaba puesto el escenario. El viento traía una voz parecida a la de León Gieco. “Sí, sí, está tocando León”, dijo uno que venía esquivando gente desde adelante. Otro que estaba cerca dijo que en una hora llegaba la estatua del Che.

 

Con mi compañero decidimos volver para el lado del camping e ir al Parque de la Independencia. Preguntamos varias veces hasta dar con un camino que nos permitió llegar sin tomar ningún colectivo. Entre graffitis a favor del “Leproso” y otros a favor del “Canalla”, más algunos que declaraban amor o solo decían el nombre de una banda, vimos un afiche que publicitaba que a la noche en el microestadio de Newell´s tocaba Intoxicados. “El rey Pity”, nos salió a coro. Nuestro plan de la noche ya estaba resuelto.

 

Llegamos al parque. Comimos una bondiolita al paso y fumamos un porro de flores como postre. La siesta era la mejor opción después de todo eso, pero logramos vencer el sueño ni bien vimos que había uno de esos botes en los que se pedalea de a dos. Alquilamos uno media hora y lo estancamos en el centro del laguito. Me dormí cinco minutos, hasta que se acercó otro bote con cuatro pibes queriendo que juguemos una carrera.

 

Les ganamos.

 

Esa misma noche, después del show de Intoxicados con un Pity que apenas le daba para susurrar las letras, fuimos a la terminal de colectivos. La expedición nos dejó el trago amargo de no ver a Manu Chao y sin la foto con la estatua del Che, pero tarareando esa del médico que le dice a Pity que mucho rocanrol puede hacer mal.

 

A Retiro llegamos con un sol ya casi en huida y con la gente de acá para allá, colgada del tren o del colectivo. Nos despedimos con mi compañero y quedamos en algún momento escribir esta anécdota.

 

Ni bien puse un pie en casa, papá estaba poniéndose el pijama como lo hacía siempre que llegaba de trabajar.

 

–Seguí boludeando vos –dijo y prendió la tele.

Latest comments
  • Muy bueno! Capta muy bien la escencia de la aventura que es la vida ADOLESCENTE , lo cotidiano , lo argentino.

  • QUe Buen cuento! Gracias por compartirlo.
    Este autor escribe siempre acá?

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