Historias sin punto final
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#5 · Un re viaje

Por Patricia González López

Ilustración Sofía Martina

 

Uno

 

El paisaje es diverso, una nena llora ante el movimiento de las ruedas de una bici, un hombre grita café, otro hombre grita yo cortado y un tercero pide una gaseosa. Una señora compra un pebete, su marido una cerveza y la parejita de recién casados se conforma con agua mineral. Tengo una especial fascinación por el pancho de este lugar, me gusta cuando la mayonesa se me cae de la boca o me queda sabor a mostaza en la lengua, me gusta manchar las hojas de los libros con los pulgares aceitosos y al pasar el tiempo notar exactamente en qué momento fueron leídos y dañados. Pero hoy no está para panchos. Me gusta el pibe ese que siempre viene a la misma hora. Quizás hoy sea el día. Me hago la linda, hablo por teléfono con una amiga de cosas importantes con alguna pizca de superficialidad para parecer más humana. El hombre de al lado me mira, de algún lugar lo conozco, pero no me acuerdo de dónde.

 

Dos

 

Hoy está más fresco que otras veces porque hay más espacio entre cada uno. Pero mi ventaja es que el sol estuvo dorando el asiento que elegí durante horas, está calentito. Este es el lugar de las cuatro estaciones. Ahora es otoño, pero en un par de horas puede ser primavera o el verano más ardiente. El equipaje recomendado es musculosa, un saquito, un pantalón finito o pollera larga y algún abrigo largo por si nos visita el frío violento, ni muy formal ni tan desalineado, ropa bien elegida como si te hubieras puesto lo primero a mano. También es recomendable tener mucha tolerancia a los olores, mucha confianza y entrega. El que está sentado atrás mío se tomó unos mates antes y seguro fumaba a la vez, cada vez que suspira me toca oler la mezcla de y el tiempo. Al menos un litro y medio, hace una hora y un pucho apurado antes de entrar. El grupito que está en diagonal es tremendo, largan una baranda digna de un estudio científico. Es una mezcla de acidez de lavarropas cerrado por mucho tiempo, tratamientos de conducto podridos, malos pensamientos, pelo mojado reiteradas veces y encima pidieron milanesas. Todo bien con las milanesas igual, qué rico es comerlas pero qué desagradable olerlas cuando las come otro. Me falta el aire, me sobran olores. Me da calor. Cruzo las piernas y me pongo de costado, según mis cálculos en esa posición mejora mi sensualidad corporal y abre el apetito de los lobos feroces. ¿Será un lobo feroz ese chico tan lindo? Me miró varias veces, me hice la que miraba para otro lado para ver hasta dónde llegaba su vista, fue más allá del cuadril, me va a subir la presión. Decido sostener la mirada a los ojos al menos una vez, bajando el mentón, quizás haya guiñado un ojo, nunca me sale bien. El señor de al lado me sigue mirando, frunce el ceño, hace un gesto de desagrado y sorpresa, incluso de rechazo. Mira al pibe que miro, me inspecciona como si se preguntara cosas, yo también me pregunto. No es el típico pajero, no le cazo la onda.

 

Tres

 

Pasan muchos vendedores ambulantes, me gustaría comprar todas las ofertas pero me quedo sin cambio, pulseritas, broches de pelo, lapiceras, medias, anotadores, chicles. Decido comprar los chicles y aparto la plata. Ahí viene otro, a ese lo conozco. Vivía cerca de casa. La última vez que me lo crucé estaba más flaco, más bien chupado, no tan sucio como hoy aunque ahora lo veo entero. Me da vergüenza estar de este lado de la situación. Bajo la cabeza para que no me vea como si alguno estuviera haciendo algo malo, ver si me queda más cambio en la cartera. Él reparte unos calendarios y estampitas a cada uno y pide una colaboración con su pibe en brazos. Mamá me enseñó a tener una especial consideración por aquellos que se mueven con sus hijos; después de vivir varios abandonos en la familia no hay nada que la conmueva más que una mujer con sus pibes a cuestas o un padre, o toda la familia unida, hagan lo que hagan ante el frío, ante el rechazo, el hambre, un gesto de bondad o algo parecido. ¿Cómo andas? ¿Cuántos años tiene? Dos, ¡ay esos cachetes, me lo morfo! Pasa otro que le dice algo de su horario, y que raje, que le tocaba a él. Mi vecino le contesta alámbralo si es tuyo, que no está molestando a nadie y vuelve a hablar conmigo. Día difícil, no puedo ir a cagarlo a trompadas porque estoy con el pibe. Chau, gracias. Nos vemos.

Cuatro

 

Acá hay mucha contaminación auditiva y visual. Viendo lo que pasa alrededor aprendo mucho. Esa parejita me hizo acordar por qué prefiero no besar en público. Les veo la lengua, las encías y una nariz aplastada contra la otra, el ruido a saliva, el agarre de cola que pretende ser disimulado, hilos de baba. El matrimonio mayor los mira con asco y envidia, la señora le hace un gesto de reproche al marido que se le ríe a los ojos con la boca apestada de birra en combustión con las pastas del día anterior. Además, le besa el cuello. Ella devuelve con un empujón en el brazo y lo saca. En el grupo de apestosos gritan, se gastan y llaman la atención como si fuera la primera vez que salen de su casa, se cantan partes de temas, se gritan cornudo, quién se ha tomado todo el vino, que tu hermana esto, tu mamá lo otro, todas cosas que daba por sentado que ya habían pasado de moda. Unas amigas se enrostran las diferencias en sus parejas, una cuenta que el marido está todo el día en la compu o jugando a cosas en el celu, que casi no le habla y apenas sabe el número. La otra responde que ah no, que tiene todas las contraseñas y responde sus mensajes incluso. Me dan ganas de ser su amiga y contarles que algo no va bien, sin jugar a quien sufre más o la pasa mejor. Por acá todos estamos en la mierda, por algo este es nuestro paisaje. El señor de al lado contiene la risa al escucharlas, yo lo miro y levanto una ceja como quien piensa que así está el país.

 

Cinco

Llegó el turno del show en vivo, un coro de tres nenes que cantan como ángeles, si prestás un poco de atención y pasás mucho por acá, se nota la práctica, la mejora en la entonación, incluso el cambio de repertorio. El líder carismático es Brian, un nene hermoso de unos diez años, encantador que es capaz de hacer padres a personas que jamás en su vida se plantearon serlo. Aplausos, gorra, unos pesos para contribuir con los artistas y aproveché mi momento. Brian, ¿cómo estás?, mirá lo que te traje. Ah gracias, pero no, está bien, téngalo usted. ¿Por qué? ¿Te da vergüenza? Es para vos, no te preocupes. No, es que no me gusta ese alfajor. El señor de al lado se me ríe, y los que estaban enfrente, también.

 

Seis

 

En cualquier momento se viene el recambio, a esta hora por acá algunos dejan sus asientos y los dejan calentitos para el siguiente. Se comen los ojos, hacer fila para entrar casi no tiene sentido, aunque es mejor, por supuesto. Yo fui aprendiendo a través de los años, zigzagueo, pasos rápidos y de ser necesario, aunque muy a mi pesar, empujones. Empujar tanto como sea necesario. Empujar y entregarse al cuerpo del malón, dejarse sostener por los cuerpos transpirados o amanecidos y si es día de suerte, perfumados. Todo funcionaría como un rompecabezas muy bien armado si uno se pusiera más a su derecha y el otro un poco más enderezado y si el señor no colgara su mochila así y si abrieran el paso al que quiere bajar. Si bien existe una clase de hombres, los que trabajan; entre los que trabajamos estamos los que dejamos bajar, subir, pasar y acomodarse, es decir, futuros líderes del mundo, y el resto.

 

Siete

 

La mayoría se bajó, llegamos a donde se rinde la última mayoría. Hubo un par de señores y señoras que se bajaron peleando. Que se tome un remis si no le gusta, que no se haga la fifí, otro que no se haga el pillo, otro que amigo me convidás un pucho, otro que mandale cumbia, otro que convidame una seca, otra que che hay criaturas acá, algunos se cambian de vagón, otros que mi amor estoy llegando, otro que dale dale se me enfría el guiso, algunos permiso por favor, otros correte, correte querés, qué pelotudo, algún otro que eh no te enojés, dejá pasar a la chica, dale. Brian terminó la recorrida, vuelve a pasar por mi asiento, me agarra el celu, me pregunta cómo se usa, le enseño, me miran temiendo en mi confianza. Me saca una foto, me abraza, me cuenta que llegó a juntar lo que le faltaba para comprarse unas zapatillas nuevas para el quince de su hermana, que si llegaba a los cien pesos los papás ponían el resto. Me pregunta si el señor de al lado es mi papá, le digo que no. Y el señor contesta que me ve cara conocida. ¿De dónde te conozco? Tengo un tío muy parecido a vos pero vive en Marcos Paz, no puede ser. Yo tengo un hermano que vive en Marcos Paz. ¿Ernesto? Sí, Ernesto. Pará, ¿sos mi tío? No sé. ¿Cómo te llamás? Pedro. Ah ¡entonces sos mi tío! ¿Vivís en Paso del Rey? Sí. Ahora sí, claro, se me hacía que no porque pensaba… ¿qué haría mi tío de Marcos Paz en el Sarmiento? Pero nunca asocié ¿Cómo estás? Bien. Bueno, saludos a la familia, dale, igual para ustedes. El rápido de Once-Flores/Flores-Liniers/Liniers-Morón ya hizo los primeros treinta y cinco minutos de viaje y me toca bajar. A partir de ahora, parando en todas las estaciones con destino Moreno. Te acompaño hasta que salgas de la estación, es peligroso que andes sola, me dice Brian.

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