Historias sin punto final
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#24 · Una vez pensé en el suicidio

Por Javier Martínez Conde
Ilustración Flavia Schreiber

UNO

Una vez pensé en el suicidio. No fue la única, sí quizás la más significativa. A ver, antes de los espamentos: no es alarmante haber sopesado la posibilidad después de las primeras grandes desilusiones de la vida. Es mucho más sano que la aceptación callada de las normalizaciones. Además, nunca me atreví a ir demasiado lejos. Igualmente ya me estoy justificando antes de empezar a contar, pero está bien aclarar que no tenés de qué preocuparte y podés seguir con tu vida porque seguro andás por esta línea del párrafo sosteniendo la curiosidad o el morbo anecdótico que promete la primera oración.

 

DOS

¿Cuántas veces te sentiste solo? Yo perdí la cuenta. Y mirá que hay gente que me ama, eh. No hay novedad ni metáfora en decir que el mundo es un lugar hostil y hay que aprender a valerse por sí mismo. ¿Cuántas veces tuviste que aprender a valerte por vos mismo? ¿Pertenecer? ¿Buscar un lugar donde quererte, sentirte útil?

 

TRES

«No quieren coger conmigo porque soy rengo». No te das una idea de cuánto tiempo pensé y sufrí esto: una discapacidad motriz a la vista del resto, presente desde la primera impresión, imposible de esconder. A mi primera novia (con quien tuve mi primera vez en todo, el beso con lengua también) la conocí en una matiné y, como no podía creer que me estuviera siguiendo la conversación, le mostré –por si no se había dado cuenta– cómo caminaba. Así de inseguro me había enseñado a ser la sociedad, al mismo tiempo que me inculcaba sus discursos de doble moral sobre aprender a quererme por quién soy.

 

CUATRO

Una vez pensé en el suicidio. Me fui de vacaciones con un amigo a las playas de Uruguay a pasar año nuevo. Eran mis primeras fiestas lejos de casa. Recién empezaba todo el bardo del cepo cambiario. No sé qué tiene que ver, pero ya el primer día nos arrepentimos de la guita que habíamos llevado. Agregá también que la tarde que llegamos me robaron el celular. El 31 a la noche me sentí completamente solo. Mi amigo estaba ahí, charlando con otros viajeros, pero ese vínculo no era suficiente para contenerme. La inestabilidad económica, la incomunicación temprana, dos variables que hicieron que extrañara y no extrañara a mi familia. Me había ido para estar lejos, pero en ese momento lo único que quería era mi cama, mis libros (porque siempre faltan los libros que uno no trae encima) y también todo lo mío que habitaba en la contradicción hostil del techo propio pero ajeno. Y entonces escribí un poema.

 

CERO

Parece mentira cuánto se asemeja la nostalgia a la noche,

por lo oscura e infinita;

y el mar en la noche a la cabeza en la almohada,

por el vaivén solitario de olas turbulentas que arrastran los miedos;

y la luna reflejada en el mar en la noche a los sueños de amor desolado,

que lucen hermosos pero al amanecer

se desvanecen.

 

UNO

No pensaba volver. Nadie lo sabía, tampoco mi amigo. Mi idea era quedarme para siempre, probablemente en Valizas, o Cabo Polonio, o Santa Teresa.

Pero no volver.

 

Nací

del vientre incógnito de una mujer que,

entre paréntesis, no es mi madre; mamé

el seno de un hogar urbano; por

varios años regué la raíz de los conceptos cuadrados de mi padre;

asimilé con peras y manzanas

los valores negativos del amor sin módulos,

la incongruencia de las frutas dulces;

integré también las comisiones del fracaso exponencial,

las soluciones tardías y derivé

todas

mis responsabilidades;

el único resultado posible

es restarle importancia y dividirme,

formular nuevos teoremas en función de mis potencias.

 

DOS

Una chica que conocí por Tinder y con la que había tenido conversaciones increíbles antes de conocerla, me dijo la única noche que la vi (con el cuidado de las palabras políticamente correctas) que la razón principal por la que no me vería de nuevo era que tenía un cuerpo que estaba por fuera de la norma.

 

TRES

Otra vez me miras condescendiente y no te culpo.

No sabés, no podés saber

qué me pasó, qué hice, por qué

estoy así o por qué

estoy acá,

vulnerable, expuesto,

eligiendo la luz en un lugar lleno de sombras,

de rincones reservados para mí

y los de mi especie,

los imperfectos, los inseguros,

los olvidados por la historia porque en fin,

qué podemos hacer más que llorar

la desgracia de esquivarle a lo común,

más que soportar el ojo inquisidor de los mediocres

que ven un cuerpo,

una ley

o un mundo

tal como debe ser:

normal.

 

No te culpo

y es más

te eximo

y es más

el que se compadece

soy yo.

 

CUATRO

Una mañana de enero fuimos al mar, con la resaca de una fiesta que empezó mal y nunca remontó. Nadamos lejos. Yo pensaba cuánto cuesta ir hacia adelante. Dejamos de hacer pie. Pensaba cuánto cuesta flotar y permanecer. Quisimos volver. Pensaba cuánto cuesta regresar a las cosas. No quería volver. Cuánto cuesta dejarse llevar por la marea. No volví. Cuánto cuesta dejar de forzar las situaciones. Aflojé el cuerpo. Cuánto cuesta dejar de correr para escapar. Cerré los ojos. Cuánto cuesta viajar sin miramientos. Un brazo me agarró fuerte y después otro y otro. Seis cuerpos me gritaban, me arrastraban, me animaban como podían. Cuando por fin pisé la arena, un vómito salado y eterno me anunciaba que era hora de enfrentarme a mis temores.

 

CERO

¿Cuántas veces tuviste que aprender a valerte por vos mismo? ¿Pertenecer? ¿Buscar un lugar donde quererte, sentirte útil?

 

La vida sigue igual de dura, pero al menos la escribo.

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