Historias sin punto final
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#16 · Viajes

Por Diego Flores
Ilustración Vale Araujo

 

Era el epílogo de una noche cualquiera, acababa de bajar los seis pisos en ascensor y salía por fin a una calle porteña conquistada por la bruma y el frío. La música que retumbaba en el departamento que acababa de dejar, luego de celebrar un cumpleaños, todavía retumbaba en una especie de eco en mis oídos. Iba a tomar un taxi, era una decisión que había meditado con premura en ese viaje de seis pisos. El mango no abundaba y había que ser pragmático y austero. Pero el cansancio, la desidia y la invención de una posible y futura enfermedad producto del frío tejieron una obra de teatro que me permitía ese gasto suntuoso en servicios. También decidí que era momento del último pucho, ahí recostado en la entrada iba a meterme un poco más de veneno en el cuerpo, mientras repasaba otra noche de fracasos en las que me volvía solo y congelado a casa. Mientras jugaba con el último pucho del paquete me percaté que no pasaban muchos taxis a esa altura de la calle Avellaneda, pero no me importó. Era millonario en términos de ociosidad temporal y quienes fumamos usamos el cigarro como excusa para una reflexión impostada. Me recosté en la entrada, prendí el pucho y repasé. Una piba se me había insinuado o eso creo. Yo seguí el juego hasta donde pude y la aburrí como siempre me sucede. Traté de buscar el algoritmo que fue la génesis del error, la ecuación–palabra que modificó su mueca de interés por un rostro de aburrimiento inextirpable. Hace rato, pensaba, que no tenía una buena noche. Y cuando digo una buena noche me refiero a una noche sin historias. Hace rato que no me pasaba nada.

 

Vi que pasó un taxi. El primero que veía desde que había encendido el palito de nicotina. Eché una mirada al cigarro para ver cuánto me quedaba antes de que todo sea filtro. Levanté la cabeza y pasó otro taxi. Dos taxis pasaron. Dos. En 10 o 15 minutos. No creo en el destino, pero evidentemente el tercero era el que debía tomar.

 

Primero lo sospeché entre la neblina, luego confirmé su corporeidad que se abría paso en la noche callada, la luz de libre brillante, venía demasiado lento. Levanté la mano, ansioso, como a media cuadra de distancia. Finalmente paré el taxi y apenas abrí la puerta mi cuerpo retrocedió largos centímetros consecuencia del sonido que emanaba los parlantes del vehículo. No había luz que diera alguna referencia, estaba ingresando a una suerte de cueva siniestra y espeluznante. Dudé pero no temí, me tiré en el asiento como resignado a los avatares que el destino desplegase.

El conductor no sucumbió a los mandatos y moralinas burguesas y dejó el volumen como estaba, no saludó, no me miró por el espejo, siquiera esbozó un ademan que emulara una suerte de saludo o venia que implicara algún signo de caballerosidad. Manejaba exageradamente inclinado hacia atrás como si condujera un Lamborghini en lugar de un Palio cascoteado por el run run y los baches de la noche porteña, yo veía entre sombras una ostentosa nariz turca o napolitana, un ojo enorme, vidriosos y cansado que se perdía entre ágiles parpadeos. Respiraba ostentosamente, como si estuviera orgulloso del fuelle que configuraba su estrepitosa nariz, su tórax invisible y una panza criada a grasas y carnes rojas.

 

No me preguntó la dirección, por lo cual corregí el destino improbable de la conversa y manifesté locación entre medio de la música que separaba cualquier intento de diálogo.

No te escucho, me dijo, como si la obviedad nos sorprendiera.

En un movimiento extremadamente lento y con el móvil en semi movimiento me alcanzó una libretita a rayas, pequeña y destartalada.

Anotame tu dirección acá, indicó con cierto desdén pero con simpatía.

Dudé si seguir sentado esperando llegar a algún destino cercano e improbable o bajarme con el auto en movimiento y conservar mi integridad, pero son esos momentos en que el raciocinio decide manifestarse en huelga permanente y lo único que queda es el accionar inescrupuloso y elemental.

 

Me acordé de la frase de Borges o de Macedonio “la literatura es orden y aventura”. Así que fui por la aventura, junté algunos números y vocales que indicaban destino. Le pasé la libretita. Él se la acercó extremadamente a los ojos, frunció un poco el ceño y levantó el pulgar en manifestación simbólica de total comprensión.

Me recliné en el asiento de atrás con la confianza que da la incertidumbre. Respiré profundo y me dispuse a la festividad del azar. Escuché unos mágicos blues. Hermosos. Sonaban uno detrás de otro. Una selección acertada y certera para esa noche de neblina y derrotas cantadas.

Por supuesto que el tachero no perdió oportunidad y cantó todo el repertorio mientras le pegaba al volante con la palma abierta emulando una precaria percusión. Pero su show no terminaba allí. En Honorio Pueyrredón decidió  brindar lo mejor de su repertorio. Soltó el volante sin desacelerar y por unos minutos eternos, mágicos e inolvidables hizo un solo de air guitar, para su público, para que no olvidemos jamás ese solo. Para que quede grabado en las retinas de ese pasajero anónimo que yo representaba, un instante de alucinación artística e imaginación. Un punteo etéreo y eterno.

Pero como en la madrugada los magos no descansan, siguió cantando agitado y al terminar el tema soltó un memorable “tenquiu” para que comprendamos que su inglés no era mera vocalización. Atónito detrás, quería que mi destino fuera lejano, no podía parar de ver a ese malabarista de la nada. A cinco cuadras de casa cruzó impiadosamente un semáforo en rojo. Me miró, por primera vez, con sus ojos vidriosos y me dijo sin titubeos “así es el rock”, y de oscuros recovecos sacó una petaca de un mítico brebaje y lo beso simplemente.

Cuando sos taxista, la cana no te para, dijo justificándose ante nadie.

Llegamos, estacionó el taxi. Me dijo “39 o 40 pesos”. Es lo mismo. Espero que te haya gustado la experiencia de viajar conmigo.

Abrí la puerta. Giró sobre su asiento y me dijo “felicidades y perdoná la música, este auto funciona solo con blues”.

 

Y yo sonreí, por fin tenía una historia para contar.

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