Historias sin punto final
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#7 · Zigzag

Por Cristian Maluini
Ph. Francisco Bertotti

 

1.

Escucho gritos infantiles, el festival de ladridos, ramas como crujidos, el vientre de las peñas: bombos, sikus, guitarras, quenas. Desaparecieron las formaciones de artesanos, las kollas, los vecinos. Aunque deben ser más, los siete colores irradian. El sol abandonó, la luna no se apura. Camino por calles marrones desiertas, doy vueltas y vueltas y desemboco siempre en las mismas esquinas: si hay un pueblo breve debe ser Purmamarca.

 

No está más fresco que a la tarde.

 

El padre me bendice y yo tiemblo, después me da la bienvenida, después me dice que Jujuy es un territorio olvidado pero que abunda la cultura, que se libraron guerras fundamentales, que los locales quieren mucho a su lugar.

 

El turismo invade la Quebrada de Humahuaca por el exotismo arcaico de sus callecitas de tierra y sus placitas en pausa y sus hombres y mujeres de corte indígena y sus magníficos paisajes. El éxito consiste en perpetuar su esencia, evitar cualquier grandilocuencia inapropiada.

 

Don Heriberto es un techo de cañas, mesas y sillas de madera, algunos cuadros en blanco y negro, la chimenea. El mozo es un murguero cuarentón nacido en San Martín que llegó a Jujuy para protestar por el apagón del Ingenio Ledesma en la década del 90. Tiene el pelo largo gris, enrulado y desprolijo atado desde muy abajo y enciende la vela de la mesa abriéndose paso con timidez y ademanes laboriosos.

 

Pido una porción de trucha de altura con papas y un tinto de la casa, que viene servido en una jarra alfarera.

 

En unos minutos, es probable que sea el único espectador de Rodrigo, profesor de educación física en su vida anterior, que se alista para tocar la guitarra y cantar. Salió de viaje en bicicleta y le dio hasta el límite de Perú con Ecuador, después volvió a Purmamarca.

 

La fiesta es el flan con dulce de leche.

 

Me sirvo la cuarta copa de tinto y muevo la jarra, que es gorda y profunda, para saber cuánto queda: hay resto para otra más.

 

Camino, hasta la terminal, como puedo.

 

Decirle terminal es una exageración.

2.

 

Ahora llego a Tilcara en un bondi de sillones acolchados y pasillo rebosante de rostros sufridos, jirones de cansancio, las luces apagadas. Llego sentado en el escalón al lado del chofer, su chacarera, el camino en frente, un cartel verde que anuncia la entrada a Maimará, y pienso que estoy –al fin– en Jujuy; que subo por la quebrada; que dormí un puñado de horas en las últimas dos noches; que el hambre presiona; que la mochila está desordenada; que ahora sí estoy en el norte y sigo tan lejos; que trescientos kilómetros más arriba ya no es Argentina; que el mapa se extrema.

 

Y llego, por primera vez entre tantas llegadas, de noche; como algunas veces para reencontrarme y como todas las veces para infinitos desencuentros; entregado a suertes dispares y azares difusos; tranquilo, paciente, lejos de la siguiente llegada.

 

Llegar es, en estos días, un hábito muy frecuente. Ensayo maneras de llegar, llego y sigo llegando, no dejo de llegar. No sé –nunca sé– para qué llego, y el ritual se repite: me bajo del bondi, me separo de los otros que llegan, esquivo a los que se están por ir para llegar y, mientras eso no sucede, únicamente esperan, bajo la mochila, la sostengo entre las piernas, saco la botella de agua –siempre llego con una botella de agua–, tomo un trago largo, miro hacia todas las direcciones, me sorprendo: nada es, en cada llegada, como imaginaba que podía ser. Imaginar suele ser un ejercicio fallido, casi estúpido, sino fuera porque imaginar es –sigue siendo– lo que más hacemos: nos pasamos la vida imaginando. Y me asombra la sorpresa de que la terminal de Tilcara no sea aquella que, cuando llegaba y no había llegado, supuse que tal vez sería, y que, en cambio, sea esta. No entiendo –todavía no entiendo– por qué me sorprendo. Y menos entiendo que no entender es lo que más me pasa, en general y en estos días que no corren.

 

Tilcara está muy oscuro.

 

Las luces de la terminal alumbran el paredón del hostel El Farolito:

 

Cuando la sangre de tus venas retorne al mar, y el polvo de tus huesos vuelva al suelo, quizás recuerdes que esta tierra no te pertenece a ti, sino que tú perteneces a esta tierra.

 

Las mismas luces me guían cien metros, el camino de ripio se transforma en calle empedrada, después la noche se dilata y se desploma.

 

Tilcara es un agujero negro rodeado de montañas.

 

Las paredes rebosan de dibujos: perros, pachamamas, frases, poesías, kollas, instrumentos. Avanzo entre el ruido de mis pisadas y me preparo para preguntar por el Club Hostel, donde voy.

 

–Caminás hasta la esquina, subís una cuadra, doblás a la izquierda y ahí a unos metros vas a ver el cartel –me indica la dueña de su local de remeras.

 

En Tilcara, como en estos pueblos, todo está a la vuelta.

3.

 

–Ayer vino un amigo del Machupichu a cagarme a pedos. Me cagó a pedos el chango. Me dijo que yo solamente hablo cosas buenas, que estoy mal, que no puedo hablar cosas buenas, que tengo que hablar también las cosas malas. Porque así los músicos se emocionan, se ilusionan y continúan viajando. Piensan que todo lo que brilla es oro. Entonces me pidió que cuente las tristezas y las penas, las cosas amargas, no solo las cosas dulces.

 

Dice Chuspita desde el escenario, el siku entre las manos; el resto comemos, escuchamos, lo miramos.

 

–Mi abuelo se sentaba en la plaza y hacía sanaciones y curaciones con la hoja de coca, yo era muy niño. Mi abuelo me decía: hijo, hijo, hijo, tú siempre tienes que tocarlas a las viejas, porque las viejas tienen su encanto, su dulzura, su experiencia. Nunca entendí nada pero hoy lo entiendo y siento falta de mis abuelos. Hay que tocar a las viejas, las viejas canciones.

 

La Peña de Chuspita arde de excitación, vinos y birras que bajan por cogotes indios que desenfundan sikus gigantes, guitarras criollas, bombos legüeros, fervor, gritos desde el fondo. La moza es una señora corpulenta que camina sin apuro. Tres treintañeras cuchichean divertidas y sonoras asuntos que podrían importarme. Espero las empanadas con el vaso bajo merodeos.

 

–Los turistas que vienen aquí de mañana se van a las Salinas, a Iruya, a Humahuaca, andan por toda la Quebrada, pero a la noche vienen a Tilcara.
–¿Por qué la noche es de Tilcara?
–A la gente le gusta, che. No sé qué será, che, pero a la noche es siempre la joda aquí, la gente viene aquí, che. En Humahuaca también me parece que hay peñas, che. Yo  pienso que es la música, che. Porque en Purmamarca y Humahuaca conozco los músicos que tocan allá, y son muy serios, che. En cambio nosotros somos todos de hablar cagadas.

 

Chuspita grabó varios discos en Taiwán, hace 15 años que vive en Europa, lleva 45 fuera del país y vuelve a Tilcara para atender la peña que comparte con su hermano.

 

–Mi cabeza no entra en Tilcara, mis pensamientos son grandes, y Tilcara es muy pequeñito, es como ahogarse en un vaso de agua. Mi cabeza se acostumbró a viajar a Alemania o a San Pablo, que tiene 40 millones de habitantes; acá te morís, es bonito pero te morís; aquí hay muchos suicidios. Todos los días lo mismo. En las grandes ciudades te falta el tiempo, aquí te sobra.
–¿Qué lugar elegiría para vivir?
–Me gustan los países escandinavos, Suecia o Finlandia, pero no me gusta el clima, hace mucho frío. En aquella zona no tenés que hacer fila en los bancos ni en los hospitales, no existe; hay respeto por el ser humano. Aquí en Sudamérica es todo estilo animal.

 

Dice Chuspita, su gorrita blanca que le sombrea la cara, el índice sobre la mesa.

 

–Yo me fabricaba mis instrumentos con esta caña de bambú. No teníamos otro juguete, ni pelota ni nada. Vivía en la laguna de Cerro Chico. Hacíamos tres kilómetros caminando para venir a la escuela. Eran otras vivencias. A mí ahora me duele mucho ser adulto, me siento muy triste porque conozco todo, todo, todo de la vida. Entones quiero volver a ser niño, aquel niño inocente, para ser una persona feliz.
–¿Ahora no es feliz?
–No, porque estoy alerta por millones de cosas.
–¿Hacer música no lo hace feliz?
–Tocar me da placer. En Taiwán una de las filosofías orientales dice que nosotros somos grandes mentirosos porque todos los días nos regalamos flores. No es bueno. Lo primero que tenemos que hacer para conocer la felicidad es sacarnos el apego. Cuando comencemos a querer sacarnos el apego recién vamos a comenzar a querer la felicidad.
–¿Usted se saca el apego?
–Estoy en eso. Mi madre se ha muerto muy feliz y muy contenta, uno no siente nada. No es que hay que sacarse el amor, hay que sacarse el apego. Se rompen matrimonios a causa del apego.

 

Chuspita se para a recibir una pareja de cuarentones con caras de contentos, les prepara una mesa, les alcanza el menú, cruza unos versos con el músico en escena y vuelve con sus piernas curvas, la sonrisa en el rostro mestizo.

 

–Aquí en Tilcara y en Jujuy nadie conversa estas cosas.
–¿Por qué?
–Porque la gente no entiende, te tildan de loco. No se puede. Tenés que conversar de cerveza y de vinos; es gente diferente, con la cultura de las fiestas, los santos y los dioses. Yo no converso; en la peña sí porque estás en tu casa, la gente te escucha, no son de aquí, hay otras cabezas. Aparte vienen de afuera a aprender, a ver lo que hay. Es bueno reflexionar. A mí me gusta porque la gente te entiende, lo sabe interpretar. En cambio con la gente de aquí es complicado.

4.

 

Repletos de cardones, los senderos serpentean hacia la cueva inmemorial de los ancestros, en las entrañas de la cordillera: desde la última fortaleza antes de la ruta de la Puna, la indiada del Pucará custodia la Quebrada. Tilcara flota entre montañas que conforman un frontón de fulgores dorados.

 

En el centro de la plaza Coronel Manuel Álvarez Prado hay un mástil que tiene cuatro faroles. Estoy sentado en frente de un señor con el pelo muy largo, cola de caballo, rasgos indígenas, buzo verde, jean azul, que revisa, empedernido, su celular, enfocado en la pantalla hace varios minutos, inmutable, reconcentrado. Al hombre lo vi varias veces.

 

Dos veinteañeras hacen piruetas y malabares elásticos, se suben una encima de la otra, estiran y doblan sus cuerpos con facilidades brutales. Un grabador escueto escupe la psicodelia respectiva. Me dicen que la pieza se trata de una mezcla entre hip hop y tocada.

 

Cruza la plaza una señora cargada de bolsas con frutas, frena al pie del espectáculo, deja algunas debajo de un banco, y se va, ciruela entre los dientes, por la otra punta. Al rato vuelve con más bolsas, espía a las bailarinas, se ríe unos segundos, recoge el resto.

 

Los pibes de siete u ocho vuelven del segundo día de clases sobrevolando la vereda. Uno de tres o cuatro juega con un cartón que improvisa como capa y como sombrero. Cincuentón riega el pasto con ademanes displicentes, su gorra roja, conjunto verde pantano, camisa adentro del pantalón, botines de seguridad, la zurda en la cintura. El perro negro maltrecho me mira con su único ojo esperando que le gire un pedazo de sanguche, otros tres arremeten, entonces somos cuatro perros y yo, y un último bocado: las cuentas no son prometedoras.

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